El artículo por Frykman habla sobre la comida y el sabor. Como describe Frykman, el sabor es algo cultural, algo aprendido, que puede cambiar y que refleja la manera en que pensamos sobre lo que comemos y los imágenes que atribuimos a la comida. Lo que comemos sin duda ni asco es lo que es familiar y parte de nuestra tradición. Según Frykman, “This applies not only to particular foods but also to how we order them, how we accompany them, and the variety and variability of our choice” (33). Por eso, podemos decir que para entender una cultura es importante acostumbrarse a las tradiciones de la comida en aquella cultura.
Cataluña es una región (o debo decir, una nación, según los catalanes) con una tradición e historia culinaria renombrada y orgullosa. Parte del Mediterráneo, los ingredientes principales de la comida catalana son muy típicos del área: ajo, aceite, mariscos y pescado, tomate y verduras frescas. También hay una presencia enorme del cerdo en todas formas. Platos tradicionales incluyen: escalivada, butifarra, pa amb tomáquet, crema catalana, paella, fideos, y las salsas principales de comida catalana: sofrito, samfaina, romesco y alioli. La gente se come muy tarde y se pasan horas para comer. La hora (o dos o tres) para comer es sagrada, compartido con la familia o con los amigos.
De este modo, la tradición culinaria de Cataluña es muy distinta de la gastronomía de los Estados Unidos. En los Estados Unidos, el valor de la comida ha desaparecido. No existe una cocina claramente americana (“americana” quiere decir “de los Estados Unidos” en este contexto) y normalmente la hora de comer dura menos de una hora.
Como he escrito en reacciones previas, existe una dicotomía en mi vida, entre mi crecimiento americano y mi patrimonio griego. Como griega, la comida siempre ha sido una parte enorme de mi vida y de la solidaridad de mi familia. También, crecía comiendo una variedad de cosas – cosas que le darían asco a muchas personas. Para mi, por ejemplo, es normal comer el ojo del cordero. Al otro lado, como americana fuera de mi casa, estoy acostumbrada de comer la cosa que es lo más rápido. Por eso, cuando fui a Barcelona, no estaban las cosas que comía, sino las practicas culturales alrededor de la comida con que luchaba.
Al principio, en los cafés, comía lo que estaba preparada ya, lo comía rápidamente y me iba para hacer mis deberes o ir al gimnasio. Cuando cenaba con mi familia española, siempre estaba yo la primera para acabar de comer. Sin embargo, como dice Frykman, “Even predispositions can be unlearned” (31). A lo largo de mi viaje, cambiaba mi rutina, reprimía lo instintivo y aprendía el modo catalán de comer. Así, me sentía más integrada en la cultura. Ahora que he regresado a los Estados Unidos, lo familiar de antes se ha vuelto en lo extraño.
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