Según el estudio de la antropología, para entender otra cultura (desde el punto de vista local), el extranjero tiene que vivir con los habitantes, conocer a la gente, aprender el idioma, participar en los rituales, tradiciones y costumbres culturales y hacerse “vecino” de la comunidad. Cuando un estudiante americano tiene la oportunidad de vivir al extranjero, tiene dos opciones: seguir viviendo una vida como si fuera todavía en los Estados Unidos, o adaptar e integrarse en la cultura local. La segunda opción, en mi opinión, debe ser la única opción. Así, puedes aprender las diferencias culturales que distingan cada cultura – por ejemplo, sobre temas de la casa y la conversación, las temas que Caroll discuta.
En su discusión sobre la casa, Caroll compara la casa francés con la casa americana y la distinción entre el espacio privado y el espacio público. Dice que en general, una casa americana, en el exterior e interior, es mucho más abierto al público y a gente desconocida que una casa francés. En una casa francés, “One can, in fact, determine the degree of intimacy between two people if one knows to which rooms one person has access in the other’s house” (p.15), mientras que “the American house is as open to strangers as it is visible from the street” (p.20). Yo en Barcelona vi esta distinción claramente. Exteriormente, en las calles, es imposible ver lo que pasa dentro de las casas. La gran mayoría de los habitantes viven en apartamentos, no en casas (esto quiere decir, un “casa” en la definición americana), en un parte de un piso en un edificio. Muchas veces hay un patio que separa la casa de la calle, la familia de los desconocidos, la vida privada de la vida pública. En Barcelona, la casa es algo sagrada e íntimo.
Para mi, desde un punto de vista muy griego-americano, la casa es un terreno público, para recibir a los invitados, para compartir una parte de mi vida con otros, para establecer conexiones íntimos con otros. Por eso, no es para sorprenderse que mi casa (como broma) se llama “the Milton Hilton” (en Milton, Massachussets), porque siempre hay millones de personas en mi casa. Además, las ventanas y las puertas de mi casa son siempre abiertas. Por lo tanto, me sorprendía mucho que en mi “home-stay” en Barcelona, no podía invitar a mis amigos a la casa, ni para ver una película, y que las únicas personas, fuera de la familia, que pasarían tiempo en nuestra casa, eran el novio de mi “madre” y la novia de mi “hermano”.
No podía evitar reírme cuando leí el artículo de Caroll sobre la tema de la conversación, en particular, el parte en que dice que los americanos “talk ‘without saying anything’”. Al otro lado, “It is now clear that the French do not talk ‘without saying anything’ and that, on the contrary, French conversation is loaded with meaning” (p.29). Me di cuenta que la mayoría de los americanos se ponen nerviosos cuando hay silencio en una conversación. Por eso, llenamos los momentos del silencio con frases irrelevantes: “Hace frío hoy”, “¿Qué hora es?”, “Los Red Sox ganaron anoche”. Al otro lado, los catalanes, como los franceses, hablan con significado y con poesía. En Barcelona, cuando cenábamos en la casa, siempre veíamos el programa “The Closer”. Durante los anuncios muchas veces, mi “familia” no decían nada a menos que tuviera una importancia. Pero yo, una americana habladora, llenaba estos silencios con algo como: “¿Sabéis que la actriz en The Closer tiene un acento del sur muy fuerte en realidad?” La respuesta: “Ah…”. En última instancia dejé de este hábito pesado; pero todavía me interesa mucho que haya una manera de hablar tan distinta entre dos culturas.
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